Subo al segundo piso de la residencia de ancianos,
las puertas del ascensor guillotinan el aire,
luego salgo de la caja, como su lengua,
a deglutir quince sillas de ruedas
y una enfermera auxiliar con acento argentino, Julieta,
que trata con afecto lo que les queda de vida.
-¡Lolalá lolalá elegancia elegancia! ¡Devuélveme mi collar collar collar!
¡Fren fran frin!,
repetir cinco veces mirando fijamente a la recién llegada.
Es Carmen, declamando lo que su demencia le dicta.
El enfermero Marcos llega acelerado,
en las manos un vaso lleno y una jeringa big size.
(Los nombres se los sabe mi tía, que lleva dos años
visitando a mi abuela
de lunes a domingo).
Marcos, que lleva piercings y el cuello tatuado con caracteres chinos,
introduce la jeringa en el engrudo del vaso,
tira del émbolo hacia atrás
y la inserta en la sonda que protubera de Juana
que parece ser la misma que prolonga su nariz
y se convierte en unos guantes de gasa,
no son los de Gilda porque le juntan los dedos
aunque cubran manos y brazos porque un nudo tosco al final.
Ella mira al suelo.
Yo creo que el sabor a vainilla
del batido proteico
le da lo mismo.
-¡Para matarlos para matarlos,
para llevarlos para llevarlos,
metedlos metedlos metedlos!
dice Carmen, textualmente, con su voz aguda,
mientras empujan su silla para entrar al comedor.