15 julio 2008

Conocí a una mujer, inglesa, en la Dordoña, que no come hígado de pato













Conocí a una mujer, inglesa, en la Dordoña, que no come hígado de pato.


Desde bien temprano en la mañana se vestía de granjera calzándose unas botas de agua, tamaño extragrande, que parecía que eran botas con tirantes, pero será que no me acuerdo bien y que sus pantalones con tirantes eran del mismo extraverde que sus katiuskas.

Tenía el cabello largo y salpimentado, como dicen por allí. Qué bonito, salpimentado.
Viví frente a su casa una semana.
Me explicó que no separaba los cabritillos de sus madres, me prohibió dar de comer a las gallinas y a su enjambre de polluelos sueltos delante de nuestra puerta, para que no enfermaran.
Nos pidió que visitáramos al caballo de su hija, en el prado de abajo, porque se sentía solo después de que se hubieran llevado a su yegua compañera. Y así era, al caballo se le notaba la nostalgia.
Al caer la tarde le llevábamos alguna manzana caída del árbol.

Yo, a veces, volviendo al tema del foie, también siento que mi hígado se intoxica, no llega a ser como el de un pavo embuchado o como el de un pato harto de cognac, entre otras cosas porque no bebo, es… el ruido el que me sobrealimenta, el que me aturde hasta caer en coma etílico. Necesito silencio, me lo repito a menudo.
Y se me ocurre una gran traca final
haciendo añicos las pantallas,
un fin de fiesta quemando lo que no sea blanco o azul
para ahogar después con agua el martilleo de lo que se cuenta por contar.
Blanco: nubes, espuma de mar, tus pensamientos blancos, mi niña.
Azul: cielo y mar en calma, los iris de tus abuelos que no heredaste, mi niña.
O quizá, buscando una solución no violenta, descolgar estas cortinas que tanto me gusta mirar ahuecarse antes de que la brisita llega a mi vera, mientras escribo sentada en la cama…
Descolgarlas, las cortinas, y después desmontar las paredes de mi habitación, doblarlas muchas veces sobre sí mismas hasta que casi ni se vean, y hacer lo mismo con casi todo.

Y hacer lo mismo con casi todo.



8 comentarios:

Miguel dijo...

Me ha gustado mucho esta entrada.

Annabel dijo...

¿Y las otras no? ;P
Me alegra mucho verte por aquí, Miguel.

Anónimo dijo...

Yo conocí una mujer con pelos en la barba...
muy chula Anni.

Annabel dijo...

Hola Jota :))
Sí, eso es un expediente X que seguiremos investigando, jaja.

Lasinverso dijo...

Es un placer leer cositas como esta. Ando por aquí. Un saludo.

Annabel dijo...

Encantada de verte asomar de nuevo y de que lo hayas disfrutado.

Nos leemos.

un otro dijo...

Al leer recordé un fragmento de un poema de Fabio Morábito, que nació en Alejandría y vive en méxico:


"No quiero, pese a todo,
muros gruesos,
tan gruesos que no oiga
el silencio de los otros"

Annabel dijo...

Dios, un otro, me vas a matar de un infarto de buena mañana... hace tres días no tenía ni idea de Fabio Morábito, apareció en un libro que saqué de la biblioteca (Diez de Ultramar) me quedé prendada de un poema que titula "Jirafa" (quiero incluirlo en la parte izquierda del blog, está previsto) y ayer escribí yo algo citándole.
Y luego dicen que la sincronicidad es un cuento de viejas.

Sigue viniendo por aquí, espero sobrevivir.
:)))

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